Como si no nos conociésemos de nada, como dos extraños que, de una manera u otra habían decidido acabar la noche juntos. Resulta extraño y a la vez gracioso, ya que llevamos juntos más de quince años. Pero quizás lo más curioso no sea eso, ya que a día de hoy es lo propio en una pareja. Lo mejor de todo es levantarse cada día con las mismas ganas verle, como si hubiera pasado de todo entre nosotros, menos tiempo y sorprenderme cuando, una vez más, me doy cuenta de que sigue a mi lado. Mantengo las ansias de desearle un buen día, o de llevarle el desayuno a la cama algún que otro domingo, o de las discusiones tontas, o de las peleas por el mando de la tele, o los ataques de cosquillas. Me gusta conocer su voz en todos los formatos y tener mis preferidos. Y de algo estoy segura, nunca me cansaré de su sonrisa y de aquello que tenga algún tipo de relación con ella, de sus labios, las grietas que el invierno les produce, el sabor salado que toman después de un día de playa en verano, sus besos en otoño o el color rojizo que parecen adquirir en primavera. No me importa conocer ya todos y cada uno de sus lunares, cicatrices, manchas de nacimiento y los centímetros que hay entre cada uno de ellos, pienso seguir investigando. Saber sus defectos, a qué se debe cada suspiro, cada estremecimiento, no es excusa. Conocer sus puntos débiles, lo que le saca de quicio o lo que le hace sonreír en cualquier momento, me gusta más que cualquier cosa y no entiendo como lo hace, pero logra sorprenderme cada día, y espero que eso no cambie nunca, porque es lo que más feliz me hace en este mundo de locos.
22 marzo, 2012
21 febrero, 2012
Cada vez que huelo tu perfume me acuerdo de ti
De tus pupilas dilatadas por el ansia de mi, de la manera en que tu nariz se acomodaba junto a mi oreja cada noche, y de como se mantenía en la misma posición por las mañanas. Mi cuello parecía haber adoptado tu forma, cada día me sorprendía más. Se había acostumbrado a tu respiración a escasos centímetros, al igual que yo. Adicta a la manera de entrelazar los pies para no pasar frío y a las continuas peleas por quién se llevaba la mayor parte de sábana. Todo esto no quiere decir que te eche de menos, que va. Solo recuerdo gestos, días. Las infinitas horas de conversaciones, en las que siempre teníamos algo que contarnos. La manera en que te mordías el labio inferior cuando no aguantabas más sin darme un beso, y lo bien que acababan todos y cada uno de esos momentos. El cómo conseguías pintarme sonrisas cada mañana, cuando te veía acomodado en la almohada, la que yo cambiaba sin sufrir lo más mínimo, por tus brazos. Me encantaba ver cómo te sonrojabas, haciendo que la hendidura de tu mejilla se volviera súbitamente escarlata. Cómo protestabas cada vez que te hacía cosquillas, pero aún más si cabe, tu sonrisa, esa que no tiene nada que envidiar a las estrellas. Vale, después de esto... igual toca reconocer que un poco sí que te extraño, pero poco. Quizás los carruseles de besos de cada tarde, en el sofá, viendo películas una tras otra. A lo mejor, el entrar en la habitación y tener todo el aire para mí, ya que cuando entrabas tú parecía esconderse detrás de la puerta aumentándole la fiebre. O el poder ponerme la camiseta de mi equipo favorito sin que nadie proteste contra ello. Mierda, que sí te echo de menos. Que si ahora mismo me concedieran un deseo sería que estuvieras aquí conmigo como las noches pasadas. Y que nadie dijo que la vida fuera fácil, pero yo digo que si tú siguieras aquí se volvería un poco menos puta.
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